Con motivo del lanzamiento de Los fabulosos Teykerman, el juego de ilustraciones con el que Pedro Villarejo brinde homenaje a los muñecos que inevitablemente han quedado vinculados a las tardes de muchas infancias, le hemos pedido a John Tones que repase la trayectoria de la compañía Teyker en calidad de experto de la mítica juguetera. Su slogan de 1976 rezaba que “Con Teyker hay mucho que jugar”, pero también mucho que contar.
Si hay una sensación que recordamos con claridad aquellos que fuimos niños en los setenta, ochenta y, en menor medida, primerísimos noventa es la de que las mitologías pop que adorábamos eran algo oscuro, incomprensible y, por encima de todo, imprevisible. Ahora todo está muy claro para todo el mundo (sobre todo para los niños, y más cuando antes de salir de primaria muchos ya tienen móvil con conexión a Internet): actualmente, los vasos comunicantes en los antaño enigmáticos tentáculos de la cultura popular se desgranan con matemática exactitud ante nuestros ojos. Una línea de juguetes inspira un comic que inspira una película que inspira una serie de televisión que a su vez inspira una nueva línea de juguetes: todo con una precisión robótica y lineal y, sobre todo, con apabullantes campañas publicitarias que nos dejan claro en todo momento qué genera qué, en qué fechas y con qué precio.
Pero las cosas no siempre fueron así. Cuando los derechos de autor y de imagen eran unas leves directrices más que unas férreas leyes proteccionistas de la propiedad, el honor y la estética, los subproductos nacían a la sombra de los éxitos de taquilla o los personajes de ficción que arrasaban aquí y allá. Un tebeo inspirado en una película de éxito y que simplemente cambiaba una letra de su título, una banda sonora no oficial que recreaba paupérrimamente (o no) la pegadiza melodía de unos títulos de crédito televisivos… por ejemplo: en la irregular cartelera de estrenos de Murcia de los ochenta se me escapó la que con el tiempo se convirtió en una de mis películas favoritas, Golpe en la Pequeña China. Pero el Teykerman de Jack Burton, el procaz y asilvestrado camionero al que da vida Kurt Russell en la película, me atraía de un modo casi hipnótico desde una juguetería de barrio por cuyo escaparate pasaba cada día camino del colegio.

El Teykerman de Jack Burton incluía camiseta, pantalón, botas, machete y metralleta
Lo pedí para reyes en 1987 y se convirtió en mi muñeco favorito junto al dinobot Grimlock y al experto en artes marciales diabólicas Fisto, de los Masters del Universo. Ignoraba a qué película pertenecía Jack Burton, no podía saberlo porque eran años oscuros para los fabricantes de los Teykerman, la compañía norteamericana Teyker. A algún enloquecido comercial de la compañía se le había ocurrido lanzar, en 1983, un Teykerman de E.T. El Extraterrestre, y por algún motivo, Spielberg no había supervisado el lanzamiento del juguete. El Teykerman de E.T. tenía la cabeza del popular alienígena, pero el cuerpo musculado habitual de los Teykerman pintado de marrón. El grotesco resultado fue retirado de las tiendas sin necesidad de intervención directa de Spielberg y destruidos poco después, sin que se conozcan ejemplares supervivientes a la masacre. La consecuencia legal para Teykerman fue que durante unos pocos años, a mediados de los ochenta, muchas productoras de Hollywood retiraron el apoyo en forma de licencias que Teykerman había disfrutado y explotado hasta entonces. Jack Burton fue uno de esos casos: el título de la película no aparece por ninguna parte, aunque los fabricantes se permitieron un pequeño guiño para conocedores: en algunas zonas de la caja se puede leer Ghost Hunters (Cazadores de fantasmas), que es la traducción al inglés del título con el que se estrenó en Japón Golpe en la Pequeña China. Demasiado rebuscado para un chaval de Murcia, en tiempos en los que como digo, la cultura pop encontraba formas irrastreables de mutar, sorprender y, sobre todo, comercializarse. (Por cierto, si buscan en Internet referencias al muñeco de E.T. no encontrarán ni la más mínima pista: aunque se sospecha que algún ejemplar pudo llegar a venderse, este modelo de Teykerman forma parte de la nutrida leyenda negra del merchandising de la película de Spielberg, junto al famoso caso de los millones de cartuchos sobrantes del videojuego para Atari 2600 que podrían estar enterrados en el desierto de Nevada).
En cualquier caso, la situación para Teyker no fue casi nunca tan complicada como en este, el particular arranque de mi idilio con los Teykerman. Los musculosos, estilizados y cuidadísimos muñecos se han convertido en objeto de culto con el paso de las décadas. A pesar de no vender ni remotamente tanto como las Barbie o las construcciones de Lego, han experimentado un seguimiento devoto y una adoración ciega por parte de fans de todas las edades que ya querrían para sí franquicias jugueteras más potentes. Buena parte de ese fanatismo podría deberse al extremo cuidado que se pone en la reproducción de rasgos faciales de los modelos, aunque nunca sin perder un singular y algo inquietante hieratismo. O a la reproducción de la ropa característica de los personajes, detallista y con empleo de materiales diversos, como plástico, tela y cuero.
O quizás sea el chip de sonido con frases grabadas procedentes de las películas. Introducidas en los Teyker a partir de los setenta, a veces eran grabaciones directas de la banda de sonido de la película, y en otras ocasiones se llegó a contar con los propios actores originales grabando en exclusiva para Teyker. En los casos de mayor popularidad, como Terminator, incluso los actores de doblaje de cada país grababan el chip en varios idiomas: Constantino Romero es, así, uno de los pocos españoles que han tenido la oportunidad de contemplar de cerca el a menudo secretista modo de trabajo de Teyker. El chip de sonido, de hecho, ha dado pie a disparatadas decisiones, como la de incluir la famosa banda sonora de La noche de Halloween en el chip de Michael Myers, ya que este popular asesino no dice ni media palabra en toda la película. En realidad la cuestión fue más complicada: una primera tirada salió sin chip y hubo protestas de niños que decían que el muñeco estaba roto, pues no emitía sonido. Entonces se decidió incluir el chip con banda sonora en una segunda tirada, lo cual generó un mercado negro de muñecos sin chip, que casi no quedaban en las tiendas, y uno adicional de un centenar de muñecos de Michael Myers con… ¡frases de otros personajes de la película que estaban siendo testeados! Esa diversidad de ediciones convirtió al de Myers en el muñeco más perseguido por coleccionistas y niños caprichosos de todo el mundo.

J. Perciball Teyker (derecha) junto con su hijo William (izquierda) en 1933
Y podría decirse que esta devoción, este halo de exclusividad y originalidad existió desde el primer momento en el que un Teykerman vio a la luz: nacieron como un regalo que el maestro juguetero J. Perciball Teyker hizo a su hijo William como regalo de cumpleaños. Inventor y playboy, creador en la sombra de muchas innovaciones mecánicas y eléctricas de lo que hoy podríamos entender como primeros pasos de la inteligencia artificial y el ciberespacio en una forma, digamos, analógica, suyos fueron inventos como el electrodo F-61 o la curiosa teoría de la Chinchilla Teyker y su relación con los inicios de la física cuántica (en un plano eminentemente teórico, por supuesto). Pero Teyker Sr. también era un amante de los juguetes tradicionales; su padre, el abuelo de William Teyker, le había enseñado los fundamentos de la carpinteria, el modelismo y el arte de las marionetas, y antes de amasar su fortuna con efectivos negocios en la oficina de patentes, J. Perciball Teyker no fue más que un ayudante de juguetero en un taller de Massachussetts.
Fue en ese taller (que hoy se conserva intacto y abierto a visitas turísticas) en el que William Teyker recibió en 1934, como regalo de su padre, el primer Teykerman: un sencillo muñeco modelado con anatomía masculina humana que fue decorado más adelante, a petición del pequeño William, con ropa y complementos que imitaban los de Jack Griffin, el mítico Hombre Invisible de la novela de H. G. Wells. William había visto la adaptación cinematográfica de James Whale de 1933 y había quedado fuertemente impresionado, así que su padre decoró el muñeco de madera con una gabardina, guantes, pantalones, vendajes e incluso unas minúsculas gafas de sol. Cada año desde entonces, Teyker le regalaba a su hijo un nuevo muñeco inspirado en novelas, películas o comics que el niño consumía. Estos últimos son los más extraños, ya que obviamente son ediciones limitadísimas de un solo ejemplar y forman parte de la colección privada de Teyker Jr., que nunca ha visto la luz por completo y de la que se rumorea que podría incluir joyas construidas por su padre tan extrañas como los iconos del comic Li’l Abner, el primer Batman o el guardián de la Cripta de los comics de terror de EC Comics. Particularmente, podría asfixiar a alguien con mis propias manos a cambio de contemplar de cerca a este último, sobre cuyo aspecto (si realmente existe) solo podemos elucubrar.
Años después de estar recibiendo periódicamente algunos de esos primeros y exclusivos Teykerman, William pensó en 1959 que modelos inspirados en la cultura pop de moda por aquel entonces podrían ser comercializados. Puso en marcha una distribución limitada de los primeros Teykerman, y su intuición comercial no falló: en pocos meses los muñecos eran un fenómeno de ventas, aunque no sin sus baches ni polémicas. El William adulto era un auténtico experto en cine oscuro y comics de segunda categoría, y tenía devoción por el cine de género y serie B. Eso le llevó a unos cuantos disgustos con quienes creían que los muñecos debían de ser productos exclusivamente infantiles. Tras un arranque con algunos muñecos genéricos inspirados en clásicos de la literatura universal, pero que vendieron muy bien (por ejemplo, John Silver el Largo, Gulliver o Ivanhoe), William se lió la manta a la cabeza y, animado por el fenomenal éxito de Psicosis, decidió lanzar un muñeco de Norman Bates (spoiler) travestido como su madre. El muñeco levantó tanta polvareda o más que la película de Hitchcock al tratarse de un hombre con peluca, vestido y cuchillo, poco adecuado para un público infantil. Está claro que fue el inicio de una profusa relación con los modelos polémicos que aún no ha desaparecido: sólo una casa con el historial de Teyker puede despertar rumores como los más recientes, que hablan de un sello llamado Hardcore Teyker en la que entrarían modelos inspirados en The Human Centipede o A Serbian Film.

Los tres muñecos que protagonizaron el célebre spot televisivo de 1987
Gracias a la polémica de Norman Bates, los Teykerman despegaron de forma definitiva. Nunca fueron un éxito a nivel masivo, Teyker nunca tuvo la ambición de que cada niño de Estados Unidos tuviera el suyo, pero lo cierto es que a pesar de su elevado precio y su relativo hálito de exclusividad, los Teykerman se convirtieron en uno de los juguetes favoritos de América. La prueba está en fenómenos como el anuncio televisivo de los Teykerman, emitido en los ochenta y que se convirtió en la única incursión publicitaria de los muñecos (al parecer, a un avejentado William Teyker no le gustó ver a niños jugando con sus muñecos y que esa imagen banalizadora de su marca se propagara por los salones de todas las casas del país). El anuncio sigue siendo, visto hoy, todo un homenaje a la forma infantil de jugar, libertina y sin ataduras, donde todo queda subvertido por la imaginación en estado puro, y donde Regreso al futuro, Pesadilla en Elm Street y Taxi Driver pueden convivir en un entorno coherente, salvaje y emocionante.
Pero volviendo al éxito y consiguiente expansión de los muñecos por culpa de Norman Bates, no deja de ser singular que tuviera tanto éxito el proto-merchandising de una película abiertamente dirigida a adultos. El experto en cultura pop Crawford Tillinghast escribía en su ensayo de 1986 Teykerman: los caminos ocultos del modelismo y la publicidad en la cultura de masas (uno de los pocos que han estudiado las complejas ramificaciones pop de los muñecos de Teyker) que “la evolución de los muñecos Teykerman ha corrido pareja a la de la cultura que estos homenajeaban y replicaban: durante los sesenta, con un medio, el cine, que aún no se había convertido en un espectáculo completamente controlado por las productoras y las ambiciones comerciales, los modelos escogidos para salir en versión Teykerman eran anárquicos, imprevisibles, del protagonista de 2001 a Álex de La naranja mecánica, pasando por el primer James Bond. En los setenta, el cine mainstream se radicalizó, y así lo hicieron también los Teykerman, con modelos tan insólitos como el sociópata Travis Bickle de Taxi Driver, Michael Myers de La noche de Halloween (¡un asesino en serie para que los niños jugaran con él!) o Harry el Sucio. En los ochenta hemos vivido una caída en el cine comercial, con subproductos culturales como Sylvester Stallone en Cobra o Indiana Jones”. Tillinghast llama “subproductos” a lo que hoy consideramos iconos absolutos de la cultura pop, por supuesto, y de hecho los ochenta nos brindarían muñecos imprescindibles para cualquier coleccionista como el Íñigo Montoya de La princesa prometida o el vampiro protagonista de Noche de miedo. Tillinghast, además, no llegó a vivir una resurrección en ventas y aceptación de los Teykerman en las dos últimas décadas: con los muñecos de acción convertidos en un objeto de coleccionismo no exclusivamente dirigido a niños, los Teykerman dedicados a los protagonistas de películas como Matrix, El Cuervo, Pulp Fiction o El ejército de las tinieblas han devuelto a los Teykerman a primera línea de las ventas jugueteras. Tillinghast tiene razón en una cosa, aunque nosotros lo despojaríamos de ese toque de amargura que él le da a sus palabras: los Teykerman siempre han sabido adaptarse a la cultura popular que les ha ido rodeando. Esta capacidad adaptativa la demostraron en detalles como la aparición de varios Teykerman pertenecientes a la misma película, como Rocky e Ivan Drago de Rocky IV, o ya en tríos, Jules Winnfield, Vincent Vega y el Sr. Lobo de Pulp Fiction o Neo, Morfeo y el Agente Smith de Matrix.

Una de las pantallas del desprejuiciado Teyker Nukem Cop desarrollado en la década de los noventa
Pero el ojo comercial de Teyker llega más allá del abanico de juguetes. Por ejemplo, con la creación de una pequeña editorial de comics en 1969. La ambientación preeminentemente espacial de sus historias (acabábamos de llegar a la Luna, todos los niños del mundo querían ser astronautas) dio pie a un par de sagas ilustradas de ciencia-ficción con una intención comercial muy clara: convertir a esos personajes en futuros juguetes (la complexión y características de los trajes de los protagonistas del cómic no deja lugar a dudas). En los noventa, la casa Teyker introdujo tímidamente la cabeza en la industria del videojuego por culpa de una rabieta del propio William Teyker: quiso comprar los derechos de imagen para versiones Teyker de personajes de Final Fantasy, Resident Evil y otros éxitos de la época. Las compañías responsables de esos productos, en unos tiempos en los que la industria del merchandising comenzaba a florecer, decidieron retener las licencias, y Teyker reaccionó creando su propia compañía desarrolladora de videojuegos, intentando acaparar parte del pastel. El resultado fue el terrible Teyker Nukem Cop, un batiburrillo de conceptos que, por un vacío legal en la concesión de las licencias ya conseguidas por Teyker, permitió introducir como personajes jugables a Bitelchús, Peter Venkman de Los Cazafantasmas, Terminator o Sloth de Los Goonies. El resultado, como dijo la web especializada Mondo Píxel en su momento, es “un experimento decididamente fallido pero encantador, desprejuiciado y carente por completo del menor atisbo de vergüenza, aunque como batidora de referencias pop no tiene precio”. Las ventas no acompañaron a un producto condenado desde el primer momento, y como tantos otros experimentos de Teyker fuera de la línea juguetera, fue clausurado discretamente y sin mucho ruido.
Experimentos comerciales aparte, lo cierto es que los Teykerman han marcado a varias generaciones de niños con su estilo inconfundible, su pulcritud estética y el valor con el que han afrontado sus licencias desde el primer momento. Hay otras líneas de muñecos Teyker, por supuesto, como los de personajes históricos (con subseries con vocación polémica y de culto, las de asesinos en serie o dictadores famosos) y que también han generado su propia rumorología (el muñeco de Aleister Crowley, perteneciente a la colección privada de William, fue el primer Teykerman –no comercializado, claro– inspirado en una persona real, y tiene sobre sus pequeños hombros de plástico una leyenda negra de maldiciones y fenómenos extraños que daría ella sola para un libro propio). Pero el objeto de esta primera semblanza de la leyenda Teykerman ha sido simplemente la de servir como pequeña introducción al fenómeno Teyker, repasando aquellos modelos inspirados en personajes de películas con la mejor de las excusas: la editorial ¡Caramba!, como parte de su implacable labor de reivindicación de la cultura pop que no inunda los escaparates de los supermercados del ocio, ha recuperado en Los fabulosos Teykerman (Special Movie Edition) los mejores muñecos inspirados en personajes de películas. Este sentido homenaje obra de Pedro Villarejo es solo el primer paso del regreso de los muñecos a la primera línea juguetera. Quizás, más adelante, tengamos oportunidad de ampliar nuestra introducción a la saga. Porque, al fin y al cabo, y tal y como rezaba su slogan de 1977, “Con Teyker hay mucho que jugar”.
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